El cuento de la criada y las señales de un femigenocidio

Feminismo

Podría parecer una historia de terror al estilo del “Cuento de la criada” con autoría de la genial Margaret Atwood que nos narra como en un futuro distópico las mujeres son condicionadas desde su nacimiento a obedecer, a ser esclavas o siervas cuya única finalidad es parir a los hijos de los amos y ocuparse de las tareas domésticas. Mujeres sin voz, sin esperanzas, sin libertad, sin poder decidir sobre su cuerpo, vestidas con hábitos monacales que las cubren de pies a cabeza. Expropiadas de si mismas en este mundo, la desobediencia o la más mínima transgresión a ese deber ser ocasiona la muerte. Podría ser un cuento, una historia de ciencia ficción producto de la mente febril de una escritora que en los años ochenta se imaginó ese futuro, si no fuese un retrato de la espantosa realidad que seguimos soportando en estos días, meses, años. 

Hartas estamos de denunciar el femicidio en estas honduras sin que pase nada. Hartas de denunciar que la figura penal de femicidio no se aplica ni aún en los casos más emblemáticos como el de nuestra Bertha Cáceres porque “no existen pruebas fehacientes para considerarlo como tal”, a vista y paciencia de nosotras, las feministas, que sabemos que el caso cumple todas las características de un femicidio por motivos políticos. Estamos hartas de decir que mientras el Estado no tenga interés político en poner un alto a los asesinatos de mujeres, el mensaje que se da es que, en este país asesinar mujeres junto a sus hijos e hijas es un divertimento, un delito menor, un pase libre para el femicidio. Nada raro en un universo donde una sentencia como el de “La Manada” en España considera que una violación solo puede ser un abuso sexual, ya que la víctima nunca dijo expresamente que “no” y en ese momento pienso como nos vendieron a unos asesores españoles que nos dijeron que el mejor ejemplo de cómo la normativa penal incorporaba los delitos de violencia de género en el mundo, era precisamente, la normativa española. Nada más lejos de la realidad. 

Ayer domingo de mayo asesinaron a dos mujeres jóvenes junto a sus hijos menores de cinco años. Dos femicidios (aquí habría que considerar una categoría de femicidio podríamos idear para pensar en todos los niños que son asesinados junto a sus madres) y me vi repitiendo ante los medios el mismo discurso de hace quince años. Quince años donde apenas se ha movido la impunidad y los femicidios han aumentado en saña y número, con un Estado sordo y ciego que solo presenta acciones paliativas. Me parece que ya es tiempo de una alerta internacional, una denuncia sobre este femigenocidio[1] que ocurre en todo el triángulo norte de Centroamérica y en Honduras de forma particular, con más frecuencia, con más saña. 

El cuento de la criada se hace real en un Estado que como gran alternativa a la violencia propone dos cosas: a) la lectura obligatoria de la Biblia en las escuelas y b) el retorno al servicio militar obligatorio. Se juntan entonces los fundamentalismos y la violencia armada por parte de los entes armados de gobierno. No nos extrañe entonces que dentro de una década más o menos nos obliguen a usar tocados o burkas para cubrirnos enteras y no “provocar” recitando versículos enteros de la Biblia judeo cristiana y sepultando para siempre los sueños de un Estado Laico. No nos extrañe que muchos jóvenes, hombres y mujeres, incrementen los  planees de huida de esta tierra para no caer víctimas de las armas ya sea como reprimidos o como represores, en algo que podría convertirse en un éxodo sin precedentes y entonces eso si pasaría a ser problema también de los EEUU, si no es que ya lo es.

Ojalá se den cuenta de la gravedad de lo que ocurre y no tengamos que exponernos a los juicios que en este caso se escuchan: “a saber en que andaba”, “a los hombres también nos matan”, “los derechos del hombre no existen” y otras (las mismas) idioteces por el estilo. Ojalá que esta vez no tengamos que oírlas, porque la verdad ya cansa ese discurso sin imaginación, donde somos acusadas de promover “la ideología de género”. Nada de eso señores y señoras, feministas es lo que somos, la emancipación y la libertad de decidir de las mujeres, es lo que promovemos. 

En fin, si no hay cambio, nos espera más de lo mismo y escenarios peores e inimaginables, tanto así que la literatura no ha dado aun cabida a esas imaginaciones. Se vislumbran sin embargo las primeras señales: personas que toman la justicia por su propia mano, mujeres que prefieren defenderse con uñas y dientes aun a riesgo de su propia vida, niños que salen huyendo del país persiguiendo las madres que tuvieron que poner tierra y mar de por medio para salvarse. Ojalá que el futuro nos depare cosas mejores como el ver a nuestros violadores y abusadores presas de la justicia (como el caso de Zepur Zarco en Guatemala[2]) y ver las calles inundadas de mujeres paseando a cualquier hora, dueñas de las noches y de las calles, libres, llenas de sonrisas. Ojalá que así sea.  

Mientras sigamos huyendo si es necesario, quedándonos si es posible para salvar la vida, exorcizando de mil maneras el miedo o la angustia y construyendo caminos que nos devolverán de algún modo el sentido de la justicia, un mañana sin miedo, una esperanza posible para nosotras y para las que nos siguen. Seguiremos denunciando que lo que aquí está ocurriendo es un genocidio de mujeres, a vista y paciencia de este Estado y de algunos otros, que se sientan a observar. 

Seguiremos luchando con la vista puesta en el presente y en muchos futuros, documentando el horror, denunciando y resistiéndonos a aceptar con normalidad estos crímenes. Estamos del lado de donde nacimos, del lado de la vida. 

Jessica Isla

En el país de los cuentos de terror


[1] Femigenocidio, concepto introducido por la académica Rita Laura Segato para definir los crímenes que, por su cualidad de sistemáticos e impersonales, tienen por objetivo específico la destrucción de las mujeres (y los hombres feminizados) solamente por ser mujeres y sin posibilidad de personalizar o individualizar ni el móvil de la autoría ni la relación entre perpetrador y víctima.  De esta forma, se destinaría la categoría feminicidio a todos los crímenes misóginos que victiman a las mujeres, tanto en el contexto de las relaciones de género de tipo interpersonal como de tipo impersonal, e introduciríamos la partícula “geno” para denominar aquellos feminicidios que se dirigen, con su letalidad, a la mujer como genus, es decir, como género, en condiciones de impersonalidad.

[2] El caso de Sepur Zarco constituyó una de las primeros juicios con su respectiva sentencia contra militares por crímenes de guerra y violencia sexual contra mujeres del pueblo q´eqchi entre 1982 y 1988. La sentencia fue dictada en el año 2016. 

El femicidio como espectáculo: del silencio al circo con comparsa

Feminismo

A las compas mexicanas; a nosotras.

Arranco este texto con la computadora marcándome error por la palabra femicidio. Intento feminicidio y la reconoce porque hace unos días la incorporé al auto-corrector, pero no tengo la misma suerte que con la primera. Y después que no digan que estos “chunches” son neutros y no saben nada de misoginia, racismo o xenofobia. Igual cuando escribo “compas mexicanas”, me sugiere un cambio por “mexicanos”. Así que sigo sosteniendo que el lenguaje es y ha sido siempre profundamente político. Hace unos días nos sorprendió no solo el femicidio de Ingrid Escamilla, si no, la crueldad de su asesinato: desollada y eviscerada por el hombre que prometió amarla toda una vida, los medios no tardaron en hacer apología del mismo, mostrando fotos de la escena del crimen, mientras demandaban protección de la identidad del asesino por posibles ataques en su contra. 

Me acuerdo el tiempo en que, siendo una niña, la policía llegaba a casa. Siempre era porque alguien denunciaba en silencio, lo que ocurría allí. El se escondía en el baño, como buen cobarde que era, mientras mi madre trataba de recuperar el aire y nosotros llorábamos. Al fin, conminado a salir por la amenaza de ir preso, el policía de turno le explicaba que si bien no existían leyes, el pegarle a una mujer no era bueno porque los niños miraban, ella era un ser humano que se merecía respeto y todo un montón de consejos relacionados con la cortesía y la buena educación. El policía se iba y mi primer recuerdo es el silencio atronador que se instalaba en la casa, en la avenida, en la calle. Nadie llegaba a preguntar si estábamos bien, nadie hacía mención de lo que acababa de pasar, nadie nos miraba directamente a la cara, nadie osaba tocarnos. Y vivíamos enfrente de un mercado, así que las miradas y los toqueteos sin intención eran la moneda de cambio común. Creo que todos teníamos vergüenza de lo sucedido, unos con culpa, otros sin ella. 

Hoy que tenemos leyes contra la violencia hacia las mujeres, los asesinos de mujeres se burlan del sistema y los medios de comunicación les hacen comparsa. Esto basado en que de todos modos las mujeres estamos en el mundo para eso: ser objeto de divertimento masculino. Si nos negamos a hacerlo en vida, entonces que lo hagamos en la muerte.  Frente al declive de los concursos de belleza y las telenovelas tradicionales pues bien vale los “talk show” que nosotras proporcionamos: vivas por insurrectas, muertas por el morbo. La tele basura se ceba con pleitos de mujeres: por infieles, por ninfómanas, por castas, por brujas, por malas madres, por aborteras, por lo que sea. Allí estamos y hay que hacer cebo de ello para las masas. 

Recientemente un medio de comunicación ante la ola de femicidios que se dio en los primeros días de enero en Honduras decía medio en broma, medio en serio: “se acaba de cometer un hombrecidio en cierto lado de la ciudad” como si eso fuese la cosa más chistosa del mundo y lo más terrible tal vez fueron los comentarios, masculinos en su mayoría, de como nos las locas feministas, nos habíamos inventado eso de los “femicidios”, cuando homicidios es más que suficiente y pasaban a explicarnos el origen latino de la palabra. Macho-explicación pura y dura en un país que tiene una de las más altas tasas de femicidios a nivel mundial. 

 Hubo un tiempo en el que luchábamos por romper el silencio, hoy nuestra lucha es por desmontar los circos que orquestan alrededor de nuestros cuerpos, enteros o a pedazos, lo que venda más, sin importar el dolor de quienes quedan, de las familias, de las compañeras, de quienes no necesitamos haberla conocido para que su femicidio nos duela.   Pienso que nuestras próximas luchas deben ir enfocadas a los medios, a los autores de las fotos, de los artículos, de las “comedias humanas” que permiten, justifican y perpetúan nuestras muertes de diversas formas. No somos su carne de cañón, ni objeto de su diversión y comparsa, ni aquí, ni en el Mictán, Xibalbá o el Uku Pacha (inframundos de los pueblos originarios de América). No seremos parte de su circo de complicidad, de su venta, ni de su goce y nos defenderemos juntas por la vida y a las que nos dejan a veces de forma tan dolorosa, desde el grito de dignidad de la muerte. 

Jessica Isla. Desde una ciudad donde puedo caminar de noche

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Sobre mí

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Hondureña-peruana, con el corazón repartido en NuestraAmérica. Nací un 9 de julio en pleno invierno sudamericano, en medio de una Lima gris y lluviosa. Engendrada en las honduras del trópico centroamericano, pueda que desde entonces mi reloj interno marchara a un ritmo desacompasado. Creo que de allí viene mi primera desubicación; No reconozco los puntos cardinales y me es imposible leer un mapa. Escribo de noche y durante el día mi energía marcha a retazos, soy miope, bipolar y carezco de sentido del humor, entre otras cosas.

Tuve como muchas personas un padre ausente, otro violentísimo y una madre inclaudicable ante la vida. Pertenezco al movimiento feminista desde mi adolescencia. En él he encontrado el espacio necesario para la rebeldía y la fuerza, aún con los vientos en contra y las contradicciones internas. Desde allí me uno a las denuncias a los patriarcas y los misóginos, a las transnacionales, hidroeléctricas y concesionarios, a los políticos truculentos, a la policía y el ejército.  Debo decir que la paciencia y el silencio no son mis fuertes, como si lo son la rabia, la palabra y la esperanza.

Últimamente me he convertido en cronista de la vida cotidiana, pero me gusta escribir sobre amores, mujeres y sobre los espíritus que he visto desde pequeña. Estos últimos habitan mis días y las horas, así que los he adoptado en un mundo que los niega y por ello, soy bruja por elección, en un camino desde donde me construyo diariamente detrás de una sabiduría que no siempre alcanzo.

Me encanta el café, las buenas pláticas y leer libros de manera incansable. Voy al mar cuando me encuentro triste y a los ríos para encontrar la alegría. Me acompañan un gato negro como la noche y trabajo en la construcción de un estudio que todavía no puedo cerrar porque se encuentra sin puerta.

Retomo el apellido de mi abuela para escribir: Isla, porque fue la que me enseñó las lecciones de amor incondicional, las mismas que trato de enseñarles a Ambar y Rimay mientras vemos películas de miedo y nos morimos del susto, en un afán de convertirlos en acechadores. Para los ensueños vemos las películas de Hayao Miyazaky.

Todavía trabajo con mis manos intentando memorizar sus líneas antes de dormir. Dicen que si las puedes recordar en tus sueños, puede cambiar la realidad cuando despiertas. Espero poder hacerlo algún día y despertar en otra realidad: una donde las risas y las voces ausentes te estén esperando como si no hubieran sido arrebatadas de golpe, una donde la justicia acampe de manera permanente, una donde caminar por las calles no sea un lujo, si no parte de la cotidianidad.

Mientras espero intento ordenar los amores que conservo y otros/as que aparecen de repente, tomando café e intentando escribir con este cuerpo que tiene la dicha de contar con todos sus sentidos alterados.